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CRŪTICA ůpera

Un brindis por la Extraviada

Susana SANTOLARIA          

Bebamos que el amor entre copas hallará besos más cálidos». Es el brindis más famoso de la historia y podría pronunciarlo un joven de hoy. Un ambiente sofisticado y actual, aunque se trate de los años cuarenta en plena ocupación de París, se ha respirado en La Traviata que abre la temporada de la ABAO. Arias cantadas desde el sofá, sobre la cama en la intimidad de la habitación, en la escalera de la casa de diseño donde se refugian los amantes. Podemos echar de menos la delicadeza expresiva de algunas versiones de época, más sublimes tal vez, pero también menos cercanas. La dimensión que ha adquirido La Traviata desde su estreno, en 1853, hace arriesgada cualquier nueva propuesta.

Lo más destacable, la interpretación de Ermonela Jaho que con suaves momentos líricos y sorprendente fuerza dramática transmite sutilmente la evolución del personaje que inspiró a Verdi. De una mantenida descreída de andares vulgares del I acto, transmuta a una Violetta desprotegida, pero colmada de dignidad y elegancia en el II acto. El drama lo pide así. A punto de morir ha conocido el amor que lleva a desprenderse de artificios. José Bros, con fuerte personalidad, bien timbrada y segura voz hace creíble al joven enamorado vulnerable a la ira y los celos que es Alfredo. El drama no ha perdido actualidad y se ha visto.

El vestuario y los decorados de lujo sin elegancia, como las fiestas que se repiten en cada acto, desordenadas, sin baile, muy actuales también.

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