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Carlos GIL | Analista cultural

Caeras

i akelarres para invocar al anticristo, ni las violentas acciones de siete psicópatas, ni, en definitiva, todos los monstruos imaginables. Un año más, el Festival de Sitges ha sobrevivido al fin del mundo, congregando a todos sus fieles y reivindicándose como líder mundial dentro de los certámenes de género.

Escucho una voz que canta con estreñimiento en sus canales de fonación. Es una impostación o una impostura, depende del grado de humedad en el aire. Todas las cañerías cohabitan con las cavidades donde residen los ecos. Algunos poemas parecen fruto del regurgitar místico de una fabada con tocino rancio. La gestualidad de aquella actriz que de manera tan espléndida finge sufrir se inspira en la agonía de una almeja cuando es herida por la acidez del limón. No pienses que ese rebozado por la lona del bailarín desmelenado tiene otra misión que ocupar un espacio durante un tiempo parecido al que tarda el vaciado de la pica de la cocina en engullir las escamas de las anchoas. No somos otra cosa que cultura agraria mistificada. La gastronomía ya forma parte de otro grado y otra nunciatura.

La música ambiental se incrusta en los calabacines y cuando llegan a metabolizarse se convierten en ripios y en un compás mortecino que ni siquiera la entrada de los timbales hace que se despierte el interés, siempre adormilado por los cuarenta principales. No escuches más la caracola que puede llevarte a entender a Kant. Ten mucho cuidado con el sonido de las cañerías que a veces traen noticias de un tiempo futuro. Si tus ojos se acostumbran a mirar los bosques en otoño, nunca jamás llorarás por un desengaño amoroso. Esa belleza policromada en colores tierra y pasteles convierte el sueño en una sensación de placer comparable a esa nostalgia que provoca saborear el vino joven. Es como tu pelo, que cambia de tono dependiendo de tu estado emocional. Los payasos no se tiñen. Una vez un beso se perdió en una maceta y crecieron frutos secos tropicales multicolores.

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