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Raimundo Fitero

El carro

 

El pasado sábado paré en un bar de carretera y me sorprendió ver en el programa anterior al telediario de TVE un extenso reportaje sobre Manolo Escobar. El subtítulo rezaba: «Una vida dedicada a la canción». Y pregunté a la camarera, «¿se ha muerto?» Una señora a mi lado, se soliviantó, y declaró que no sabía nada, pero que lo sentiría mucho, porque lo estimaba. Esperé a que empezara el telediario, vi los titulares, me intoxicaron con las hazañas de Rajoy y como no dijeron nada de Manolo Escobar, seguí ruta.

¿Una premonición de TVE? Se sabía que estaba muy mal, que había suspendido sus actuaciones. Y eso era un síntoma muy evidente de su mal estado. Ayer, otra vez conduciendo, llegó la noticia, y en una radio musical, el locutor tuvo a bien leer la letra de «¿Dónde estará mi carro?» y sonaba casi con aires surrealistas. Ahora se están escribiendo obituarios, semblanzas, perfiles de un joven de Almería bautizado como Manolo García, que trabajó en muchos oficios, ganó un concurso radiofónico por allá los principios de los sesenta, algo similar a los actuales televisivos para descubrir talentos y que a partir de una canción como el «Porompompero» se fue convirtiendo en una suerte de icono del hombre español de aquellos años oscuros. Una carrera llena de éxitos, de canciones populares, de fervor generalizado.

Su carro ha dado para muchos chistes, sus canciones más casposas y machistas han sido bailadas en muchas fiestas populares, pero detrás de todo ello había un hombre que se fue haciéndose a sí mismo, convirtiéndose en empresario con fracasos sonoros, pero siendo uno de los coleccionistas de arte contemporáneo más exquisitos. Y sobre todo, un profesional de los más exigentes. Sus espectáculos estaban medidos, siempre se hacían igual en los teatros de las grandes capitales como en los entoldados de las fiestas de pueblo. Y quizá uno de los que más horas de televisión han ido acumulando, con sus actuaciones, sus películas o incluso sus programas, uno de los últimos sobre fútbol, una de sus pasiones como culé empedernido que era. Yo le he visto llenar teatros en Euskadi hace muy poco. Y ver a su público era un baño de sociología aplicada.

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