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Gara > Idatzia > Iritzia > Gaurkoa 2006-09-02
José Luis Orella Unzué - Catedrático senior de Universidad
Arqueología o desarrollo

El presidente de Castilla-La Mancha José María Barreda frenó la urbanización de 1.300 viviendas planeadas sobre la ciudad visigoda sita en la Vega Baja de Toledo en razón de que se negó a pasar a la historia como el presidente de una generación que dilapidó un patrimonio. En efecto, el Ayuntamiento de Toledo dirigido por el alcalde José María Molina del PP planeaba construir, con el apoyo de los concejales socialistas, unos bloques de viviendas sobre los restos arqueológicos de la ciudad visigoda, la de los concilios de Toledo, contra la opinión y los informes de la UNESCO que pedían salvaguardar este legado único en la historia espa- ñola. Pero se añadía un agravante más: el director general del patrimonio histórico de Castilla-La Mancha, Enrique Lorente, era a la vez concejal socialista en el consistorio toledano y había dado su visto bueno al proyecto urbanístico.

Con este paso extremadamente político se refrendaba una victoria de los valores socioculturales sobre los económicos, abogando por la conservación de los valores históricos de un espacio en el que una visión cegata municipal lo consideraba necesario para el progreso.

Pero estos contrastes no suceden únicamente en Toledo. El Ayuntamiento de Pamplona, con la alcaldesa Yolanda Barcina al frente y asesorado por una asociación camaleónica como Príncipe de Viana, dirigida en aquel momento por el actual Consejero de cultura Juan Ramón Corpas, realizó en la Plaza del Castillo el mayor despojo arqueológico que la capital del reino haya sufrido en toda su historia. En esta intervención urbanística para la creación de un parking subterráneo no se respetaron los cimientos del Castillo, ni un cementerio árabe, ni un cementerio monacal, ni los restos romanos y árabes que se encontraron en el subsuelo. Todo fue despreciado afirmando que eran restos de escaso valor arqueológico, mientras que asociaciones culturales de Pamplona y la Sociedad de Ciencias Aranzadi fueron recogiendo de las escombreraslos restos abandonados o triturados que la construcción del parking iba proporcionando.

Y este talante depredador del patrimonio arqueológico ha seguido teniendo sus imitadores en el mismo Pamplona. En las excavaciones de la calle Nueva se han encontrado restos medievales infantiles y aproximadamente veinte esqueletos completos de la misma época histórica junto al hotel Maisonnave. Por mucho que se muevan en contra concejales y asociaciones plamplonesas de talante humanista las directrices de la alcaldesa y de la Institución Príncipe de Viana van en otra dirección.

Ni el presidente del Gobierno de Navarra Miguel Sanz, ni sus asesores culturales (muchos de ellos medievalistas de la escuela de Martín Duque) hicieron ni hacen nada eficaz para frenar el despojo y la ruina de este patrimonio arqueológico. Los navarros de esta legislatura no se podrán sentir orgullosos de haber pro- tegido, rehabilitado y restaurado unos fondos arqueológicos que nos había legado el antiguo reino.

Pero en otros lugares navarros el problema arqueológico se ha suscitado y ha optado con una fórmula intermedia por conservar los restos para un futuro. El Ayuntamiento de Tudela acaba de enterrar el torreón de la muralla de los siglos XII y XIII que apareció en la calle Herrerías. El torreón tenía una altura de 3,5 metros, si bien en su momento pudo alcanzar los ocho, de altura y cinco metros de diámetro. Al igual que había hecho el mismo Ayuntamiento con la necrópolis musulmana en la que aparecieron alrededor de 200 cuerpos y que una vez exhumados fue recubierta con una capa de hormigón «ya que se consideró que no tenía ningún valor para mantenerla intacta». También en esta ocasión se consultó a la Institución Príncipe de Viana que se mostró favorable al enterramiento bajo una capa de hormigón. Junto al torreón estaba la puerta de acceso al interior de la primitiva muralla que corrió la misma suerte y fue también tapada con hormigón. En Tudela se ha optado por una solución intermedia, no como en Pamplona que optó por la destrucción ni tampoco como quería el arqueólogo tudelano Juanjo Bienes descubridor de estos hallazgos, que era partidario de conservar estos bienes arqueológicos a la vista.

Sin embargo, también en Navarra hay otras sensibilidades que miran el futuro arqueológico no sólo como un bien cultural sino a la larga como una inversión turística de futuro. Pongamos ejemplos recientes de este verano que han optado por la conservación.

En el yacimiento celta de Peñahitero, cerca de Fitero, se han encontrado dos enterramientos infantiles de la civilización celta, una olla intacta de época romana y un conjunto de unos 11.000 objetos. El poblado de esta zona dentro de la edad de Hierro tiene características muy distintas a las habituales de la Península que hacen pensar en un asentamiento celta. Este asenta- miento debió sufrir una destrucción agresiva en el siglo VI antes de Cristo. En el siglo I antes de Cristo los romanos construyeron una casa de campo y eso ha per- mitido que los restos del poblado celta se hayan mantenidos intactos. El asentamiento fue residencia de algún príncipe celta, ya que se han hallado los restos de la tumba de este personaje. Junto a los enterramientos han aparecido dientes de jabalí y cuernos de ciervo que simbolizan los atributos del jefe guerrero.

La palma de esta cultura de conservación arqueológica en Navarra se la lleva el Museo Arqueológico de Castejón, en el que se recupera la historia de la villa en torno al hierro desde la necrópolis de hace 2.500 años hasta el nudo ferroviario de nuestros días. El descubrimiento de la necrópolis de El Castillo de la Edad del Hierro, a la que se han unido los objetos romanos de la villa El Montecillo ha dado como resultado un conjunto de más de 300 objetos. Sobresalen unas originales parrillas y utensilios gastronómicos empleados en los banquetes funerarios, así como espadas iberas y celtas. De la etapa romana destaca la jarra de rostro femenino forjada en hierro sin utilización de moldes que la constituye en pieza única de esta cultura en Navarra. Este conjunto de piezas y la altura de miras del Ayuntamiento de Castejón, encabe- zado por su alcalde Javier Sanz Carramiñana que ha sufragado el coste económico del proyecto, ha dado pie a la idea de aprovechar el antiguo recinto de la plaza de Abastos para el primer museo arqueológico de Navarra con gran significación en la cultura celtibérica.

Estos dos tipos de comportamientos podrían ser contrastados con otros hallazgos en territorios limítrofes como por ejemplo los restos arqueológicos excavados en las murallas de Donostia y los encontrados en Irun o en Zarautz.

Por esto la reflexión que vamos a plantear como colofón es válida en su generalidad. Hay dos posturas que pueden tomar nuestros políticos, responsables de cultura y gobernantes ante estos problemas. La visión miope, antihistórica, neoliberal y utilitarista que busca la solución inmediata de unas necesidades puntuales y que tendrá eficacia mientras su mandato político tenga vigencia. O la de aquellos que con visión cultural de futuro, dando soluciones imaginativas a los problemas sociales de hoy, preservan el patrimonio arqueológico e histórico para las generaciones futuras. Los primeros son políticos sin raíces etnográficas ni antropológicas, que no tienen mayor apego ni a la tierra en que nacieron ni en la que viven ni a sus manifestaciones culturales. Los segundos son los políticos huma- nistas que guardan el patrimonio porque no se consideran sus dueños sino sus administradores y porque creen que esos hallazgos históricos y arqueológicos son un activo que a corto y medio plazo podrá ponerse en valor, ya sea desde un punto de vista médico o sanitario o urbanístico y aun turístico. -


 
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