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Mariano

Uccellini e uccellacci' («Pajaritos y pajarracos») es el título de una película de Pasolini. La mente humana es impredecible y, a pesar de que no existe nexo alguno entre la parábola sobre el comunismo que construye el cineasta italiano y las aficiones del noctiluco carcelero conocido como El Tuerto en su anterior profesión, cuando supe lo que hacía Mariano Merino Alovera, ex director de seguridad de la cárcel de Langraitz, prevaliéndose de su cargo, lo primero que pensé fue: ¡Menudo pajarraco!

Mariano ha sido condenado por la Audiencia Provincial de Álava a un año de prisión, otros seis de inhabilitación absoluta y a pagar 3.000 euros en concepto de indemnización por un delito de abuso sexual contra una presa, siendo absuelto de los otros tres delitos de abuso sexual por los que estaba acusado. La sentencia es recurrible ante el Tribunal Supremo.

Si execrable es el comportamiento de Merino, no lo es menos el de la fiscalía que, junto con la defensa, solicitaba la absolución.

Las presas que, a pesar de las represalias, denunciaron a Merino, y quienes testificaron contando lo que sucedía, merecen todo mi respeto y admiración. Máxime si se tiene en cuenta la dificultad probatoria de los hechos, ya que la mayoría de las veces se producen amparados por la opacidad y connivencia de la institución, que intenta minimizar, disimular, encubrir y/o ocultar ese tipo de actuaciones, y considerando que generalmente la única prueba es la declaración de las víctimas que habían interpuesto la demanda por coacciones y abusos sexuales, o el testimonio de otras presas, todas ellas extremadamente vulnerables, dada su situación.

 
 
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