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Francisco Larrauri Psicólogo

Castas y esclavos

 

En las últimas fechas, dos instituciones han aparecido en los medios marcadas por el denominador común del abuso, y más concretamente del abuso sexual, sobre los que se supone son sus clientes. Por un lado aparece la institución carcelaria con los abusos sexuales a las presas de Alcalá Meco y, por otra parte, los abusos sexuales de la institución religiosa sobre menores de medio mundo. No se trata ni del mismo género ni del mismo cuerpo -un proyecto de cuerpo de un niño prepúber o la frescura y tersidad de una joven-, pero estamos ante el mismo estilo de agresión sexual y el mismo silencio de las víctimas. A pesar de las supuestas transformaciones institucionales, la impotencia de las víctimas es la misma. La tortura y la violación es la parte más oculta del proceso penal; el abuso sexual de los religiosos es la antesala del abuso moral de los que tratan de corregir el mal.

En las dos instituciones, en la carcelaria y en mi colegio también, era vox populi que los encargados de ofrecer seguridad, mantener el orden y educar, es decir, los guardias de prisiones y los religiosos, cometían abusos sexuales sobre sus custodiados. Posteriormente siempre viene la representación de la cínica sorpresa junto a la exculpación del colectivo y la manipulación. Las dos instituciones reciben de Goffmanel nombre de «totales» porque intentan anular cualquier resquicio de voluntad personal con la agresión permanente al yo, como identidad, sobre los que se sienten inferiores y débiles, como los niños, o culpables, como las presas. Los superiores se valen de la mecánica del cuerpo para buscar la superioridad física en forma de placer. Las características de los ataques sexuales definen perfectamente la violencia que se da en este tipo de instituciones.

La pederastia en que están implicados religiosos católicos es un fenómeno histórico que se relaciona, tanto en escenarios de la vida privada como de la pública, con las condiciones sociales particulares del medio, y se expresa donde se dan relaciones supuestamente de confianza entre menores indefensos y los que se presentan como sus valedores. Este abuso físico y psicológico constituye una de las principales causas de discapacidades y un marcado efecto sobre la salud mental, más aún cuando las víctimas se concentran entre la población joven, con sus temores y discapacidades psicológicas.

Timoteo no es el nombre de un personaje de cómic, sino el nombre de un profesor destinado en un colegio religioso de Gasteiz en los años 60. Aquellos años en que la pubertad despertaba en los colegiales todos los alumnos le temíamos. Aprendimos estrategias de vigilancia y de acompañamiento a cualquier dependencia solitaria para impedir la embestida del escabroso personaje. Estoy seguro de que la dirección de la institución religiosa conocía la problemática por boca de las propios colegiales asediados o por el run-run cotidiano que se mascaba en los patios de la escuela. Éramos niños, pero el grupo ayudaba a las víctimas a desinhibirse y comentar sin tapujos las trampas sexuales a que sometía Timoteo a algunos de sus alumnos. Las victimas, de todo Gasteiz y también de Zornotza, resistieron el asedio sexual con preocupación infantil. Han pasado muchos años y se han descubierto casos de religiosos pederastas vinculados a escuelas, iglesias, internados, etcétera por todo el mundo, también en España y en Euskal Herria. En aquel entonces se ensañaron con nuestro cuerpo y, a pesar de que éramos vulnerables, hoy lo escribimos con el dolor que produce en nuestro espíritu la ingratitud de una institución que se dice cristiana. Y curiosamente ahora, las autoridades religiosas aconsejan que se acuda al juzgado para denunciar a los agresores modernos, después de pasar de puntillas sobre su historia reciente. Pero si la Iglesia se quiere verdaderamente purificar -después de la política de silencio a la que se apuntó también el Santo Padre Ratzinger cuando era cardenal, así como otras instancias del Vaticano-, tiene que habilitar un espacio de memoria religiosa para que las víctimas del nacionalcatolicismo puedan ser oídas, respetadas y resarcidas por las autoridades eclesiásticas.

Respecto al abuso sexual a presas, consentido o no, científicamente hablando estamos siempre frente a una violación: representa una conducta premeditada y planificada que expresa un alto nivel de insatisfacción hacia el medio y que, al no generar sentimientos de culpa en los carceleros, siguen con su actividad de depredadores hasta que alguien les denuncia. Las irregularidades de la institución carcelaria y del medio social que la acoge ayudan a que surjan, con más frecuencia de la que nos imaginamos, un modelo asistencial anormal que ve con indiferencia y normalidad en su seno el maltrato físico y psíquico; e incluso, hoy es manifiesto, el abuso sexual. En la cárcel la acción sobre el cuerpo siempre es una agresión, de forma sexual o en forma de reprimendas o brutales palizas.

Si bien la agresión sexual hace años que está muy bien definida en círculos científicos, no se conoce un perfil psicológico del pederasta ni del guardia torturador o agresor sexual. Pero sí se conoce el origen de la seguridad con que actúan los agresores, que no es otra que la laxitud institucional que indirectamente les asegura su futuro. Si a esto le añadimos el secretismo y la ocultación de que han sido objeto estas conductas durante décadas por parte de esas dos instituciones, entramos de lleno en un proceso dinámico de difícil abordaje, tanto para el delincuente como para la víctima. Las consecuencias para los niños son impactos. Mientras que en el colegio de Gasteiz se quedaron Timoteo, Isidoro y tantos otros esperando las siguientes generaciones de escolares, en la cárcel la pérdida de derechos y la hipocresía de las autoridades carcelarias se mezcla con la ceremonia de programas psicoeducativos para la rehabilitación, la máscara para la sociedad. Al final, la violencia siempre marca a las instituciones en las que se desarrolla.

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