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Gara > Idatzia > Kultura 2006-11-17
Toti MARTINEZ DE LEZEA | Escritora
«La mujer es la principal víctima de las guerras de ayer, hoy y mañana»
La Bretxa, como el topónimo indica, fue un agujero, el agujero en la muralla de Donostia por el que, el 31 de agosto de 1813, las tropas angloportuguesas penetraron en la ciudad y la destruyeron, después de hacer una escabechina entre sus habitantes, que los recibían como libertadores. «La Brecha» es el título que Toti Martínez de Lezea ha escogido para su nueva novela, en la que recrea aquellos hechos como excusa para denunciar la situación de la población civil en tiempos de guerra y, especialmente, la de las mujeres. «La brecha se abrió en el muro, pero también en el corazón, en la vida, de las personas que vivieron aquellos aciagos días», afirma la escritora gasteiztarra.

La novela aborda el saqueo y destrucción de Donostia por parte de tropas angloportuguesas en 1813, y lo hace desde la perspectiva de dos mujeres, Maritxu, joven viuda propietaria de una chocolatería, y su hija Marina. «La recreación de los hechos es una disculpa ­explica la propia Toti Martínez de Lezea, quien ayer presentó “La Brecha” en el Museo San Telmo­ para denunciar la situación de la población civil en tiempos de guerra y, muy especialmente, la de las mujeres, que ayer, hoy y mañana suelen ser las principales víctimas».

­Esa condición de «principales víctimas» fue quizá especialmente espectacular en el caso de la Donostia de 1813.

Sin duda, y por eso he optado por recrear aquellos hechos.

­¿En qué momento decidió que ése iba a ser el tema de su nueva novela?

A principios de año. A cuenta de que alguna tamborrada de hombres había invitado por primera vez a mujeres, me puse a indagar sobre el origen de la fiesta, y así me encontré con los sucesos de 1813, que apenas conocía de oídas. En cuanto leí los testimonios de los donostiarras sobre lo que habían visto y padecido aquel 31 de agosto, lo tuve clarísimo: «Aquí hay una novela y, además, fuerte», me dije. Lo que me interesó no fue tanto la destrucción de la ciudad en sí, sino qué pasó antes y, sobre todo, qué pasó después, cómo se rehicieron. Porque cerrar una brecha abierta en la muralla puede costar más o menos, ¿pero cuánto costó cerrar aquella brecha abierta en la vida de la población?

­¿Cómo ha sido el proceso de documentación? La lectura del libro evidencia que usted, además de recurrir a textos, ha pisado mucha calle donostiarra e incluso mucho monte en las inmediaciones de la capital.

Pues sí, me he movido un poco. Primero, porque un mínimo de rigor es imprescindible, no vaya a ser que la gente te llame la atención porque has puesto un monte que no existe. Segundo, porque documentarse y situar los hechos forma parte del encanto de escribir. Es verdad que yo no hago ensayos históricos, sino novelas, y, por tanto, la documentación no tiene por qué ser extremadamente exhaustiva, pero sí que me gusta que esté un poco contrastada, que ofrezca puntos de vista diferentes, para poder elegir y plantear mis propias hipótesis.

­En este caso, más que elegir hipótesis, lo que hace es plantear todas las que se barajan sobre el porqué las tropas angloportuguesas, al parecer con la aquiescencia del mando español, destruyeron Donostia y trataron a sus habitantes infinitamente peor que a los propios franceses, que eran quienes tenían ocupada la plaza.

Sí, planteo que el propio general Castaños ordenara destruir la ciudad, por afrancesada; planteo que, al menos en parte, aquello fuera fruto de la adrenalina acumulada por unos hombres que habían participado en una terrible lucha; planteo que la superioridad permitiera el pillaje como premio a los soldados, que no habían podido hacer botín en Vitoria...

­Gracias al general Alava, que, por lo visto, se había olido la tostada, y maniobró a tiempo para proteger la ciudad.

Gracias al general Alava, sí. En Donostia, en cambio, a los batallones guipuzcoanos los retiraron significativamente del frente. En todo caso, lo que hago es plantear todas las hipótesis. Me hace gracia, porque, a veces, escucho a alguien afirmar cosas como «la Toti dice tal». Y, no, la Toti no dice, dice tal personaje. Otro dirá otra cosa. En ‘La Brecha’, por ejemplo, hay donostiarras que, ante el avance del ejército aliado, están convencidos de que no va a pasar nada; otros, en cambio, dicen, «ojo, acordaos de lo de Badajoz»; los hay que se marchan y los hay que no porque no tienen a dónde ir; los hay que se encierran en sus casas y los hay que salen a recibir a los aliados con pañuelos blancos y barricas de sidra para celebrar la victoria. Y pasa lo que pasa.

­Hay un detalle que habla del cariño que ha puesto a la hora de situar los hechos en un contexto, incluso físico, determinado: la chocolatería de las protagonistas está exactamente localizada en un mapa.

La he localizado en una esquina que en el mapa de la Donostia previa a la destrucción existía y que, tras la reconstrucción, desapareció, a pesar de que la ciudad volvieron a levantarla casi como estaba. Eso también es interesante. El arquitecto Ugartemendia quería reconstruirla con una plaza estrellada, calles más anchas y demás, pero los propietarios se empeñaron en hacerla lo más parecida posible a la anterior. Es curioso, porque algo similar ocurrió en Arrasate, cuando la villa quedó arrasada en el marco de la guerra de bandos. La reconstruyeron casi igual. Yo veo en eso no sólo un interés lógico por recuperar en lo posible los bienes que tenían, sino también una manera de luchar por recuperar la vida. Es como si dijeran: «Un hecho terrible ha interrumpido nuestra vida, que era así, y nosotros queremos que siga siendo así». Me encanta.

­El propio Gobierno español dio por desaparecida para siempre la ciudad, pero los donostiarras la volvieron a levantar y, además, en un tiempo récord. Pero aquello no fue ni fácil ni inocente. La especulación fue terrible y en la propia novela puede leerse que, tras los sucesos de 1813, los donostiarras ricos fueron más ricos y los pobres, más pobres.

Yo inmediatamente pregunté: ¿quién pagó esto? Porque los ciudadanos, aparte de los que habían podido poner sus dineros a salvo antes del ataque, se quedaron sin nada. La Diputación aportó una parte. Además, gravó con un impuesto especial a los guipuzcoanos con posesiones en ultramar ­por cierto, ¿cuántos guipuzcoanos había con posesiones en ultramar?­. Araba, por ejemplo, hizo una aportación; Bizkaia, en cambio, se negó. Y luego sí que ha habido estudios sobre la especulación del suelo en la Donostia destruida. Un detalle: cuando los soldados saquean las casas, lo más valioso lo embarcan para Inglaterra, pero el resto ­utensilios, ropas, muebles...­ lo venden a particulares guipuzcoanos, que, con esas propiedades robadas a los donostiarras, organizan mercadillos en los pueblos de la provincia. Duro, ¿no?

­Este tipo de «detalles» rara vez se ve reflejado en los manuales de historia, que, en general, se enseña y se aprende de manera bastante lineal. ¿La novela es una alternativa?

En una novela, al menos puedes jugar con esos detalles. De todos modos, a mí me suelen decir que siempre escribo de «historias viejas» y, sin embargo, es curioso cómo se repiten los hechos y cómo se manipula la verdad. Los ingleses negaron en todo momento haber sido los responsables...

­Está usted pensando en el bombardeo de Gernika...

Efectivamente, y, de hecho, todavía doscientos años después, hay gente a la que, cuando le he comentado que estaba escribiendo una novela sobre la quema de Donostia, me ha dicho: «Ah, sí, que la quemaron los franceses». No, fueron los aliados, aunque Wellington escribiera una carta de su puño y letra diciendo que aquello no había ocurrido nunca.

­En otras novelas, el motor suele ser un amor, digamos, romántico. En ésta, es el amor materno-filial, reflejado ya en la propia portada.

Las madres estamos dispuestas siempre a grandes sacrificios. Del estilo de Catalina de Erauso o Agustina de Aragón, habrá unas pocas, pero la heroicidad de la mujer en tiempos de guerra y posguerra es incontestable. Nuestras madres y abuelas fueron auténticas heroínas.

­Uno de los temas que aborda es el del aborto, y lo hace sin recetas o, mejor dicho, sin una única receta.

Efectivamente, primero, porque pensar que el aborto es una cosa de hoy es una equivocación, y es que a lo largo de la historia siempre ha habido hijos no deseados o que, simplemente, no se podían mantener. Abortar es una posibilidad. Otra posibilidad es dejar que la vida fluya. La protagonista, Maritxu, puede tomar la decisión por sí misma, pero no por su hija. Yo no preveo ni guionizo estas cosas; simplemente, salen.

­También aborda la cuestión de «los niños de la guerra».

La cito, más que la abordo, porque, para hacerlo en profundidad, habría que ver cómo esos hijos fruto de violaciones de guerra son acogidos en el propio entorno. Pero, claro, eso da para otra novela. Porque, en la guerra, los civiles, hombres y mujeres, sufren, mueren, pierden a sus seres queridos y sus bienes. Pero es que las mujeres, además, son violadas. Y, curioso, nunca se habla de los hijos engendrados como consecuencia de las violaciones. En realidad, los documentos que la municipalidad presenta a los gobiernos español e inglés y a la Comisión de Indemnizaciones ­que no soltó un real­ hablan de la pérdida de casas y todo tipo de bienes. Pero no hay una palabra sobre los muertos y heridos, ni, por supuesto, sobre las mujeres violadas y los hijos que pudieron haber tenido y, de hecho, tuvieron, porque, en los libros parroquiales del año siguiente, se constata que son unos cuantos los bautizados de madre soltera o padre desconocido. ¿Cómo crecieron esos niños?, ¿cómo vivieron?, ¿quién y cómo les contó lo que pasó?.

­Donostia se apresta a conmemorar el segundo centenario de aquellos hechos. ¿Alguna idea al respecto?

Nos quedan ya lejos, pero creo que hay que contar lo que verdaderamente ocurrió, y supongo que se hará a través de conferencias y actos por el estilo. Imagino que las conmemoraciones contarán también con una parte, digamos, «folklórica», y ahí ya no me meto, no soy quién, que cada pueblo tiene que conmemorar las cosas como mejor le parezca.

­A cuenta de «Alatriste», han surgido iniciativas turístico-culturales del tipo «El Madrid de Alatriste». Tras «La Brecha», ¿cabrá hablar de la Donostia de Martínez de Lezea?

No creo, aunque sí es posible que algunos lectores la vean con otros ojos. A mí misma me ha ocurrido. Estaba acostumbrada a ir de pinchos a la Parte Vieja, pero, cuando me puse a trabajar en el libro, enseguida empecé a preguntarme por dónde subían y bajaban al castillo, dónde estaba la Puerta de Tierra y cosas por el estilo. Supongo que son cosas que los donostiarras conocen, pero quizá los visitantes, no, y la novela les ofrece la posibilidad de ver la ciudad de otra manera.

­¿Es consciente de que con esta novela «se arriesga» a que le den el Tambor de Oro o algo por el estilo?

No creo que corra ese «riesgo», pero no hará falta decir que no la he escrito pensando en eso. Me he limitado a contar una historia a mis amigos donostiarras, a mi propio hermano, que vive aquí. Tengo mucha relación con Donostia y, de las ciudades que conozco, es la más bonita. Pero, para que no se interprete que estoy en plan adulador, añadiré que es la más bonita fundamentalmente por el entorno natural, por ese «marco incomparable», es decir, por un mérito que no cabe atribuir a los donostiarras. -


 
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