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Gara > Idatzia > Iritzia > Kolaborazioak 2006-03-21
Moha Zibusrama - Emigrante bereber
¡Puñetero Occidente!

E s el momento de replantearse el debate surgido a raíz de la indignación de los musulmanes ante aquellas dichosas viñetas.

El maquiavelismo de los amos del mercado, llevado a escena por sus recaderos, ha llegado a enfrentar a los bienaventurados educados en la democracia con los malaventurados desheredados por la democracia.

Pero intentemos definir los conceptos teóricos que han suscitado el debate en torno a la religión, la democracia y los pobres.

La religión no es el «opio de los pueblos» como postula el ateísmo del materialismo contemplativo de Fuerbach (afirmación mal atribuida a K. Marx), sino más bien, desde un punto de vista materialista dialéctico-histórico, es el «grito de dolor puesto en el cielo» por los oprimidos, por aquellos que se ven sojuzgados bajo un poder extraño, frustrada su capacidad de realizarse material y espiritualmente. Y ese poder no es otro que el orden material existente, el conjunto de las relaciones sociales de producción basadas en la explotación del ser humano por el ser humano. Dicho de otro modo, el «grito de dolor» no es la causa, sino el efecto de la desgracia del ser social extrañado en un engranaje hostil y aparentemente eterno. Sólo el derrocamiento de la base material de ese engranaje posibilita la libertad del sujeto y su afirmación en su entorno y con su producto material y espiritual. De ahí que la interpretación contemplativo-ateísta, al invertir efecto por causa, reincide justamente en las mismas quimeras idealistas que denuncia, desquiciando lo sensible de su trabazón social.

La tarea de una actividad crítico-práctica no consiste en «reivindicar» el derecho de «caricaturizar a dios», es decir, el reflejo del «dolor», la desgracia. Tampoco se trata de «callar» para «otorgar» el amordazamiento de la «libertad de expresión», sino de desentrañar los entresijos que oculta el discurso ideológico.

A base de estas premisas, entonces, se deduce que «religión», «democracia», «libertad de expresión»Š, por ser necesidad, son a la vez producto y valor social, y de lo que se trata, precisamente, es de poner de manifiesto su encauzamiento ideológico.

Ahora bien, a saber por qué a Occidente se le «escapa» su Oriente, revelándose cada vez más fundamentalista y opuesto a cualquiera de sus valores. Son tantas las burdas traiciones, agresiones y humillaciones para con los pueblos de la zona que sólo recordar unas cuantas resulta cargante; no obstante, cabe resaltar lo trascendental llamando a las cosas por su nombre.

La fatalidad de Oriente Próximo era inevitable. Tras la II Guerra, Occidente materializó el proyecto sionista asentando a centenares de miles de ciudadanos procedentes de mundos diversos, sin vínculo alguno, provocando el éxodo y hacinamiento de la mitad del pueblo palestino en los campos de refugiados, hecho que marcaría la memoria colectiva de este pueblo. Este precedente, lejos de aligerar el cargo de conciencia de Occidente por el holocausto nazi, fue un plan calculado dentro de su geoestrategia. En Palestina, las masacres colectivas; en Afganistán, suministro de armas y entrenamiento de las milicias de los muyahidines para derrocar a un gobierno no amigo y después invadir el país; en Irak, suministro de armas y elogios a un Sadam amigo para ahogar una reciente república iraní soberana y después enjaular al mismo Sadam y ocupar militarmente el país. Balance: millones de muertos y mutilados. Casi nada.

¿Es preciso también recordar el cortejo de Occidente a unos jeques del petrodólar arcaicos y per- versos, dando la espalda al que debiera ser su aliado natural, una burguesía local emergente, ilusionada y hasta ilustrada, que no dudó en calcar lemas como «Nacionalismo Arabe», «Renacimiento Arabe»Š?

Así, ¿qué atractivo puede tener, a los ojos de una población hundida en la impotencia un Occidente que enarbola insignias de laicismo y democracia, pero recurre a viejos mitos judeo-cristianos (sin ofender a nadie) para justificar y armar a un Israel profanador y terrorista? ¿Cómo puede convencer una «democracia» o una «libertad de expresión» que consiente a un Bush fanático y genocida? ¿Qué otra posibilidad cabe para amplios sectores de esta población que anhelar la dignidad de un pasado glorioso aferrándose al fundamento? Y el «grito del dolor» se convierte en grito de guerra y odio.

Así pues, cuando el imperialismo despiadado eclipsa el potencial progresista y solidario en Occidente, allá, el fundamentalismo, cuya presencia hasta hace pocas décadas era apenas palpable, hoy para los movimientos de liberación so- cial y nacional es una realidad a tener en cuenta, por obra y gracia delŠ puñetero Occidente. -


 
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