Moha Zibusrama - Emigrante bereber
�Pu�etero Occidente!
E s el momento de replantearse el debate surgido a ra�z de la indignaci�n de los musulmanes ante aquellas dichosas vi�etas. El maquiavelismo de los amos del mercado, llevado a escena por sus recaderos, ha llegado a enfrentar a los bienaventurados educados en la democracia con los malaventurados desheredados por la democracia. Pero intentemos definir los conceptos te�ricos que han suscitado el debate en torno a la religi�n, la democracia y los pobres. La religi�n no es el �opio de los pueblos� como postula el ate�smo del materialismo contemplativo de Fuerbach (afirmaci�n mal atribuida a K. Marx), sino m�s bien, desde un punto de vista materialista dial�ctico-hist�rico, es el �grito de dolor puesto en el cielo� por los oprimidos, por aquellos que se ven sojuzgados bajo un poder extra�o, frustrada su capacidad de realizarse material y espiritualmente. Y ese poder no es otro que el orden material existente, el conjunto de las relaciones sociales de producci�n basadas en la explotaci�n del ser humano por el ser humano. Dicho de otro modo, el �grito de dolor� no es la causa, sino el efecto de la desgracia del ser social extra�ado en un engranaje hostil y aparentemente eterno. S�lo el derrocamiento de la base material de ese engranaje posibilita la libertad del sujeto y su afirmaci�n en su entorno y con su producto material y espiritual. De ah� que la interpretaci�n contemplativo-ate�sta, al invertir efecto por causa, reincide justamente en las mismas quimeras idealistas que denuncia, desquiciando lo sensible de su trabaz�n social. La tarea de una actividad cr�tico-pr�ctica no consiste en �reivindicar� el derecho de �caricaturizar a dios�, es decir, el reflejo del �dolor�, la desgracia. Tampoco se trata de �callar� para �otorgar� el amordazamiento de la �libertad de expresi�n�, sino de desentra�ar los entresijos que oculta el discurso ideol�gico. A base de estas premisas, entonces, se deduce que �religi�n�, �democracia�, �libertad de expresi�n��, por ser necesidad, son a la vez producto y valor social, y de lo que se trata, precisamente, es de poner de manifiesto su encauzamiento ideol�gico. Ahora bien, a saber por qu� a Occidente se le �escapa� su Oriente, revel�ndose cada vez m�s fundamentalista y opuesto a cualquiera de sus valores. Son tantas las burdas traiciones, agresiones y humillaciones para con los pueblos de la zona que s�lo recordar unas cuantas resulta cargante; no obstante, cabe resaltar lo trascendental llamando a las cosas por su nombre. La fatalidad de Oriente Pr�ximo era inevitable. Tras la II Guerra, Occidente materializ� el proyecto sionista asentando a centenares de miles de ciudadanos procedentes de mundos diversos, sin v�nculo alguno, provocando el �xodo y hacinamiento de la mitad del pueblo palestino en los campos de refugiados, hecho que marcar�a la memoria colectiva de este pueblo. Este precedente, lejos de aligerar el cargo de conciencia de Occidente por el holocausto nazi, fue un plan calculado dentro de su geoestrategia. En Palestina, las masacres colectivas; en Afganist�n, suministro de armas y entrenamiento de las milicias de los muyahidines para derrocar a un gobierno no amigo y despu�s invadir el pa�s; en Irak, suministro de armas y elogios a un Sadam amigo para ahogar una reciente rep�blica iran� soberana y despu�s enjaular al mismo Sadam y ocupar militarmente el pa�s. Balance: millones de muertos y mutilados. Casi nada. �Es preciso tambi�n recordar el cortejo de Occidente a unos jeques del petrod�lar arcaicos y per- versos, dando la espalda al que debiera ser su aliado natural, una burgues�a local emergente, ilusionada y hasta ilustrada, que no dud� en calcar lemas como �Nacionalismo Arabe�, �Renacimiento Arabe��? As�, �qu� atractivo puede tener, a los ojos de una poblaci�n hundida en la impotencia un Occidente que enarbola insignias de laicismo y democracia, pero recurre a viejos mitos judeo-cristianos (sin ofender a nadie) para justificar y armar a un Israel profanador y terrorista? �C�mo puede convencer una �democracia� o una �libertad de expresi�n� que consiente a un Bush fan�tico y genocida? �Qu� otra posibilidad cabe para amplios sectores de esta poblaci�n que anhelar la dignidad de un pasado glorioso aferr�ndose al fundamento? Y el �grito del dolor� se convierte en grito de guerra y odio. As� pues, cuando el imperialismo despiadado eclipsa el potencial progresista y solidario en Occidente, all�, el fundamentalismo, cuya presencia hasta hace pocas d�cadas era apenas palpable, hoy para los movimientos de liberaci�n so- cial y nacional es una realidad a tener en cuenta, por obra y gracia del� pu�etero Occidente. -
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