Raimundo Fitero
A tiros
José Corbacho lo dejó muy claro y lo expresó de manera muy explícita: quien se alargase en los agradecimientos sería eliminado por métodos expeditivos: a tiros. No hizo falta. Ya estaba el recurso del falso directo, el retardo de media hora para limar todo lo sobrante. En ocasiones limaron tanto que no vimos quién recogió el Goya a la mejor película europea. Se cantó el premio y la siguiente imagen era otra cosa mariposa que no tenía nada que ver con el premiado, ni nada. Alguien se comió unos minutos. Quizás sea una muestra palpable del cinismo con el que vivimos el europeísmo de constitución en trámite y euro encareciendo el IPC. Los mal pensados creemos que estos retardos son una nueva posibilidad técnica para ejercer la censura. A la ministra se le saludó, se le agradeció que no fuese tan mal vestida como el año anterior y el resto fueron asuntos internos, profesionales, sin política de por medio.La gala fue más corta, pero no tuvo más ritmo. Se ahorraron textos de presentación, pero siguieron, como debe ser, los agradecimientos. Ganaron unos y se quedaron con cara de idiotas otros. Como siempre. El premio, a mi entender, más aplaudido dentro de la sala y fuera fue el concedido a Juan Diego. Además su alocución fue la más profunda, un canto a la profesión. El humor de Corbacho tiene sus trazos, y como es lógico no agrada a todos por igual. Parece más lúcido cuando aparentemente improvisa que cuando hace un papel, un guión más férreo. Llevó la gala por un camino menos trascendente, más ligero. Supo llamar la atención a Pedro Almodóvar por su ausencia, terminó bañándose en cava y dando vivas al cine y a la paz. En los números de Sofres, que al final también cuentan, la gala ha recuperado un millón de telespectadores y logró un buen porcentaje de audiencia. Pero la noche siguió siendo para “Aída”, que desde que ha vuelto esta temporada no baja de los cinco millones y volvió a ser el programa más visto del domingo, mientras en Antena 3 empezaba uno de esos inventos que durará dos o tres entregas, con el presentador de aquel primer pecado televisivo que se llamó “Tómbola”, al frente, lo que le da ya una impronta muy poco sugerente. -
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