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Gara > Idatzia > Euskal Herria 2006-06-10
Joseba Asensio:una autopsia terrible y 20 años sin una vida cortada por la prisión
Joseba Asensio Artaraz, «Kirruli», apareció muerto a causa de la desasistencia sanitaria en Herrera de la Mancha hace ahora justo dos décadas. Con sólo 27 años, conoció de primera mano varias prisiones españolas. Apenas faltaban unos pocos meses para que recobrara la libertad, tras cumplir seis años encarcelado. Pero perdió la vida, y con ella se llevó parte de la de sus allegados.

Ya han transcurrido 20 años desde que el bilbaino Joseba Asensio, Kirruli, fue encontrado muerto en la cárcel de Herrera de la Mancha. Pero el paso del tiempo no se ha llevado consigo ni el dolor ni los recuerdos de sus allegados.

Anteayer, día en que se cumplía el aniversario, familiares y amigos realizaron un emotivo acto en el cementerio de Derio. Ayer por la tarde, alrededor de 200 personas hicieron una cadena humana en Bilbo, desde la Plaza Moyua hasta «Joseba Asensioren txokoa» en Indautxu. En el acto, un ex preso vasco y amigo de Kirruli le dedicóun poema, hubo una ofrenda floral y un aurresku.

«Estaba haciendo Periodismo en la cárcel, y también daba clases de euskara, después de hacer aprendido la lengua en seis meses, con una voluntad extraordinaria... Es un dolor que nunca se quita, algo terrible. Y tras 20 años, sobre todo te queda algo:pensar qué hubiera sido de él, qué hubiera hecho en la vida... No hay respuesta. Da la sensación de que te han robado su vida, pero a los demás también nos han robado parte de la nuestra». Es así como la hermana de Kirruli, Begoña Asensio, relataba a GARA parte del «calvario» que no han conseguido dejar atrás.

La muerte del joven, de 27 años, causó estupor en la ciuda-danía vasca, sobre todo porque fue el resultado de una grave desasistencia médica por parte de Instituciones Penitenciarias. Asensio sufría de tuberculosis. Tras su arresto en 1980, cuando hacía la «mili», y después de pa- decer torturas durante cerca de nueve días en los calabozos de Madrid, ingresó en Caraban- chel. En los años posteriores también conoció las cárceles de Burgos, Soria, Puerto de Santa María, Alcalá-Meco y Herrera de la Mancha.

«Mi hermano había realizado varias huelgas de hambre muy duras. Recuerdo que una de ellas duró 45 días. A raíz de esas protestas, en Carabanchel se le diagnosticó una pleuritis. Quizá en el traslado a Puerto la enfer-medad estuvo un tanto enmas-carada por tratarse de un chico joven. Pero allí volvieron a realizar dos huelgas de hambre salvajes. Y en diciembre de 1983, cuando se llevaron prácti- camente a todos los presos polí-ticos a Herrera, él ya mencionó lo de la pleuritis. Parece ser que le hicieron una revisión médica en la que no le detectaron na-da», recuerda.

De todos modos, en aquel periodo, Kirruli hizo unas diecinueve visitas al médico del centro, la última de ellas tan sólo nueve días antes de su muerte;no le diagnosticaron más que «gripes y fuertes catarros». La autopsia, sin embargo, reflejó «algo terrible»: Un pulmón se le había reducido al tamaño de una nuez. «¿Eso no se ve? Esa muerte nunca debió producirse. Siempre nos quedará la duda de saber qué sintió en el transcurso de esa enfermedad, porque a todas luces podía haber sido un sufrimiento evitado», agrega la hermana. A estas alturas, subraya, «las intenciones me tienen sin cuidado, el resultado es el que hubo y es lo que vale».

La familia se querelló contra Instituciones Penitenciarias, y, como única presunta responsable de la muerte de Kirruli figuró la doctora de la prisión en aquel momento.

Begoña Asensio explica que el juicio, que se celebró en Ciudad Real, «fue como un tratado de medicina. Fue bastante largo y duro, declaró mucha gente... pero no sirvió absolutamente para nada», lamenta.

Pese a que la coyuntura haya variado en estos 20 años, incide en que a día de hoy «vemos cómo hay gente que sigue muriendo en la cárcel por enfermedad, o los sacan a morir en la calle. Da la sensación de que después de 20 años hu-bieran cambiado muy poco las cosas en relación al trato a los presos y sus familiares».

Además de resaltar que ahora son muchos más los presos políticos vascos, lamenta las consecuencias de la dispersión.

«Suelo pensar que quien espera la visita tiene que pasar mucha angustia de saber que hay tanta gente en coches en la carretera... Es una angustia que se le añade a su propia situación de privación de libertad».

Vivo en el recuerdo

Y es que, al igual que sus familiares, gran parte de la ciudadanía todavía mantiene viva la trayectoria de aquel joven militante, a quién tampoco dejaron tranquilo una vez muerto.

La represión del funeral de Kirruli en la capital vizcaina tuvo tintes dramáticos cuando la Policía cargó contra la comitiva fúnebre que portaba el féretro, provocando cuarenta heridos que fueron hospitali- zados. Varias televisiones europeas se hicieron eco y no dudaron en filmar esta actuación policial. Tres inspectores de Policía llegaron a disparar fuego real, lo que provocó un pánico generalizado.

Begoña Asensio recuerda todo lo acontecido aquellos días a la perfección; desde cómo supieron de la noticia hasta cómo dieron sepultura a su hermano, pasando antes por el viaje en busca de los restos a Herrera, así como las muestras de apoyo que nada ni nadie pudo reprimir. Relata cómo incluso los familiares, y la compañera de Joseba, Itziar Zabala, fueron golpeados con dureza.

«Recuerdo cómo la zarandeaban, e incluso cómo una de las ikurriñas se enganchó en el crucifijo de la tapa del ataúd. Querían arrancarla, pero se le enterró con ella», concluye. -

BILBO


 
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